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Efemérides


De la Sen. Dolores Padierna Luna, del Grupo Parlamentario del Partido de la Revolución Democrática, sobre el 106 aniversario del inicio de la Independencia de México.


Hace dos siglos México estaba muy lejos de la discusión actual en torno a la libertad y los derechos humanos. Ideas como la participación política de las mujeres o la inclusión de los pueblos indígenas en la vida de la nación habrían parecido impensables. Ni qué decir sobre la existencia de un Estado Laico ni de la posibilidad de que todas las personas, sin importar su origen étnico, pudieran ser consideradas ciudadanas iguales en derechos. La formación de nuestro país estaba por ocurrir y para ello hacía falta cimentar sus bases ideológicas.

            Hay un eco en la naturaleza de la humanidad que ha demandado desde siempre libertad. Hace 206 años no podíamos hablar de una nación soberana ni del derecho de todos los individuos de formar y expresar sus propias opiniones, así como de regirse bajo sus propios principios éticos. Por fortuna, en conjunto con el eco libertario, han existido siempre personas idealistas, capaces de dedicar su vida entera a la búsqueda de la justicia y a la defensa de la dignidad.

            Miguel Hidalgo y Costilla, Padre de la Patria, soñaba en 1810 con un país en el que la única reina posible fuera la libertad y en el que no hubiera otro régimen aceptable que el de la soberanía. Pero el tiempo no se podía perder soñando. Cada momento que él pasaba dentro de la parroquia en que oficiaba misa, recreándose con estas posibilidades, representaba una noche más en que una persona, en principio libre, seguía siendo esclavizada, una hora menos de avance para la construcción de una nación soberana, un día más al servicio de intereses ajenos a los del pueblo.

Las estructuras a las que se enfrentaba el cura Hidalgo no iban a derrumbarse hablando; en su momento no había otra opción viable que no fuera la rebelión. Miguel Hidalgo lo arriesgó todo, desde la propia vida hasta la aprobación de los ministros de culto que lo validaban dentro de su propia fe. Su mensaje era claro: nada es más importante que la libertad y hay que defenderla con todos los recursos disponibles.

Dolores Hidalgo, lugar del que soy originaria, recibió la madrugada del 16 de septiembre al grito de “¡Muera el mal gobierno!”. Miguel Hidalgo convocaba a la gente a salir a las calles y tomar las riendas de su propio destino. Ése fue el día en el que empezó a gestarse la abolición de la esclavitud en México. Las tropas de Hidalgo fueron integraron lo mismo por hombres que por mujeres, demostrando que todos tenían igual derecho de luchar en favor de la justicia y en contra del mal gobierno. Esa madrugada cambió la historia de nuestra nación e influenció múltiples cambios en América Latina. En ese momento se desencadenó el proceso que culminaría en la independencia de México.

            Claro que es ésta una victoria que hay que seguir honrando y no hay mejor modo de hacerlo que ser fiel a los principios que la hicieron posible. La defensa de la libertad y de la soberanía es hoy tan importante como lo fue fuera hace dos siglos. Aunque hayamos avanzado en la construcción de una nación democrática lo cierto es que existen problemas análogos a los que existían antes de la noche del 16 de septiembre de 1810. Ejemplo de ello es la situación de los pueblos indígenas, que siguen siendo relegados, y las nuevas formas de esclavitud que, aunque se distancien de las que había hace dos siglos, siguen presentes a través de fenómenos como la trata y la explotación sexual.

El mal gobierno tampoco ha muerto y es por ello que recordar el grito de Dolores se hace tan necesario. Las cabezas siguen funcionando para sus propios intereses en vez de enfocarse en las necesidades de la ciudadanía. Tenemos un Presidente que funciona para sí mismo y no para el pueblo que gobierna. Nuestra soberanía se encuentra en peligro gracias a las reformas estructurales ocurridas durante los últimos años. Entre ellas, con particular gravedad, destaca la reforma energética, al permitir que sean las grandes potencias, y no el pueblo mexicano, quienes saquen provecho de nuestras riquezas. Hace dos siglos la situación no era muy distinta, los metales preciosos eran llevados a España sin que los mexicanos sacaran de ellos provecho alguno. Hoy es petróleo lo que sale del país, hacia Estados Unidos, despojándonos de los recursos que nos pertenecen. Esta nueva versión del colonialismo de entonces demerita el trabajo de los mexicanos, confiándoselo por completo a las empresas extranjeras que serán las únicas en encontrar ventajas en la reforma.

            La lucha por la libertad y la dignidad es un camino de altibajos. Pero, como Miguel Hidalgo lo demostró, en este camino no se avanza sino hasta que los sueños se trasladan de la mente a las acciones concretas. Hoy sus ideales siguen vivos y es en momentos críticos como éste en los que hay que defenderlos.