Lo mejor de los mejores

Las formas de gobierno que existen en el mundo actualmente no nacieron de la noche a la mañana. De hecho, sus aspectos fundamentales surgieron hace muchos siglos, con las primeras sociedades humanas. Por ejemplo, lo que llamamos una República -como la nuestra- es una de las formas de gobierno que ha ido inventando el hombre a lo largo de la historia.


Pensemos en lo que hoy conocemos como presidente o primer mandatario. Ya en las pequeñas tribus de nuestros más remotos antepasados existía el líder, es decir, un hombre que guiaba a todos los demás. El líder era respetado por algunas cualidades especiales: su bravura durante la cacería, su inteligencia al resolver problemas o incluso su capacidad para organizar las mejores fiestas. Después, las cualidades requeridas cambiaron, y el líder fue aquél que podía organizar los mejores ejércitos o el que sabía cómo negociar mejor con los extranjeros. Los líderes han existido siempre, con distintos nombres: jefe, rey, dictador, cabecilla, presidente, etcétera.


También desde la antigŁedad los seres humanos sabemos que los líderes deben tener un poder limitado, pues cuando una sola persona toma todas las decisiones hay una parte de la población que queda inconforme. Para poner límite a los líderes, los primeros seres humanos dieron una parte del poder a los más experimentados de la tribu, es decir, a los más ancianos. Reunidos en círculo, discutían lo que era mejor para todos: creaban las reglas de convivencia, intervenían cuando había pleitos entre las personas, etcétera. Y los líderes tenían que escucharlos y respetar sus opiniones.


Tanto los líderes de las antiguas tribus como el grupo de ancianos eran respetados por sus capacidades y nadie discutía si debían o no gobernar. Pero con el paso del tiempo esto también cambió. Más de un líder decidió, por ejemplo, heredar el puesto a algún hijo mayor que no tenía idea de cómo gobernar. En algunas sociedades el grupo de ancianos se convirtió en el grupo de los más ricos, que no eran los más sabios ni buscaban el bienestar colectivo. Por eso, poco a poco -y con base en mucho esfuerzo- se fue desarrollando la idea de que los gobernantes debían ser elegidos por los gobernados, y que era el pueblo el que debía decidir.